Capítulo 1

20 de agosto de 1886
Cartago, Costa Rica

—¡Silencio Sofía! Está a punto de dar inicio el dis­curso de don Bernardo.—Fueron las palabras pronun­ciadas por la madre de Sofía esa fría tarde de agosto en Cartago, entre risas, tanto Sofía como Esperanza, su amiga íntima y con quien creció desde niña, au­tomáticamente dejaron su plática secreta para esperar las palabras de ese gran personaje que se disponía a brindar esa gran noticia por la cual estaban reunidos esperando.
«De todos los actos que me ha tocado presidir en el curso de mi vida pública, ninguno ha despertado tan íntima y grata satisfacción en mi espíritu como el que se verifica en este día…»
Pronunciaba enérgico su discurso don Bernardo Soto, mientras entre risas silenciosas y nerviosas, Sofía le indicaba a Esperanza que le tenía otra confidencia para sus tan secretas conversaciones.
—¿El señor Bernardo Soto realmente habrá escrito ese discurso?—decía suavemente Sofía a su amiga, mientras su madre, con talante y total rectitud veía a su hija de reojo esperando que eso fuera la única intervención que hiciese.
—No lo creo Sofía, señores con el estatus y la ocu­pación como él no pueden atender todas sus tareas, debe tener personas que trabajen para ellos y preparen sus discursos.—Decía Esperanza con cierto aire de sabiduría.
—¡Sshhh!—Se escuchó al lado de ellas, doña Lorena empezaba a mostrar su incomodidad ante la conversación a pesar de que solo fueran susurros.
—Puedo imaginar una oficina con diez hombres solamente trabajando para él.—Comentaba Sofía con una voz todavía más baja.
—Sí, y todos apresurados ante las tareas por rea­lizar, no puedo imaginar lo que sería observar la reac­ción de todos esos hombres en el momento que entre don Bernardo a esa oficina, sería como ver monos con corbata y saco corriendo de un lado para otro sin saber qué hacer.
En ese momento la risa de ambas no se contuvo y doña Lorena colmó su paciencia para con solo su mirada furiosa, entender que la conversación de Sofía y su amiga había quedado totalmente terminada, por el momento.
Mientras tanto, el discurso de don Bernardo Soto en ese podio apenas iniciaba, siempre con su elegante figura, imponía respeto y dejaba a las personas pre­sentes abstraídas con cada frase que pronunciaba, el silencio en la Plaza Mayor era sepulcral con tal de pres­tar atención al anuncio que don Bernardo, con gran ímpetu, alegría y determinación brindaba a todo su público.
«El acto a que asistimos ahora presenta la solución definiti­va de un problema en que empeñaron su inteligencia y su esfuerzo todos los gobernantes que me han precedido en el mando…»
Ante este discurso, don José, el padre de Sofía, siempre elegante con su traje negro, un saco que le ta­llaba a la perfección en los hombros y caía hasta poco más bajo de su cintura, su pantalón siempre impoluto, corbata, así como su sombrero y su barba generosa, hombre alto, de tez blanca, ojos de un café tan oscuro que hacía que con su mirada penetrante nadie pudie­ra sostener contacto visual con él por más de cinco segundos. Miraba y asentía con cada pausa que don Bernardo Soto hacía para tomar aire y continuar con su disertación, dispuesto a todo, este hacendario pre­tendía que su yerno alcanzara una alta esfera en el po­der del gobierno de Costa Rica, y sabía que ese puesto sin lugar a dudas sería convertirlo en el jefe al mando de la Policía Estatal.
De igual forma estaba Braulio, el prometido de Sofía, un hombre destinado a tener lo que deseaba, siempre vestido de la mejor forma, con su mejor traje, color café, un poco más delgado que su suegro pero con una figura que imponía respeto ante los demás, alto, de tez blanca y ojos grandes, nariz prominente y barba generosa, Braulio era un hombre muy atractivo, sumado a ello, su gran presencia hacía que las muje­res que caminaban hacia él siempre le regalaran una sonrisa a ese hombre tan apuesto que pronto podría convertirse en un importante personaje del Estado.
Sofía, por su parte no se sentía ofendida o celosa, nunca se ha sentido realmente atraída por su prome­tido, sabía que tenía que casarse, a razón de lo que su padre había impuesto desde que conoció a Braulio, ya se siente una mujer resignada a que su vida va a ser de esa forma, sin embargo, muy en el fondo de su cora­zón sabe que esto es algo que toda su vida sufrirá en silencio, en realidad es una mujer luchadora con un pensamiento dispuesto a su libertad y a querer realizar sus sueños y esto incluye a un hombre que realmente vaya a amar.
«…porque a la mente de todos vino siempre a herir la necesi­dad imperiosa de abrir esta vía que nos pusiera en fácil contacto con el mundo comercial y culto…»
Decía de forma enérgica don Bernardo alzando la voz y dando énfasis en ciertas palabras, tratando de esta forma ofrecer siempre a su público un espectáculo acorde con lo que se encontraba informando.
—Era necesario continuar con esas labores del ferrocarril al Atlántico, Costa Rica necesita estar a la vanguardia, necesitamos conectar nuestras costas y te­ner esas vías funcionando en óptimas condiciones.—Expresaba Sofía a su amiga, de nuevo en susurros para que su madre no la escuchara.
—Me pregunto, ¿de donde vendrá la gente que trabajará para esta obra?—Cuestionaba Esperanza, en susurros, más pensando en voz alta o preguntando de forma general sobre su duda.
—Los rumores acá en el pueblo apuntan a Mr. Keith, él sería el encargado de realizar las obras y di­cen que no tiene gente en el país para poder cumplir, se dice que estaría buscando personas de otros países que quieran venir a trabajar, pero no lo sé Esperanza, me parece que a veces los vecinos inventan mucho.—Susurraba Sofía, lo que exigía que su amiga se acercara a su oído para escuchar.
Los rumores y los susurros entre amigas eran tan bajos que doña Lorena no se había enterado de que su hija y su amiga estaban hablando mientras el discurso seguía de forma normal.
—Puede ser cierto Sofía, aquí no podríamos te­ner tanta gente para trabajar en esas zonas, y menos si piensas en lo difícil que será hacerlo en la montaña, tiene que ser gente negra, eso te lo aseguro.
En ese momento, doña Lorena, siempre elegante en su vestido amarillo y largo, su hermosa tez blan­ca, mejillas un poco rosadas, ojos redondos y café pe­netrantes, que hacían de ella una mujer hermosa, ha volteado su mirada sobre los ojos de su hija para dete­ner la conversación de nuevo. Ante esto, las amigas se miran y con ese gesto, propio de mejores amigas, han entendido que por milésima vez, la conversación se debe detener.
El discurso continuó y todo el público presente no se perdía ocasión del evento que los tenía esa tarde en el parque de la ciudad, al fin el ferrocarril continuaba su construcción y el Atlántico se visualizaba como esa conexión que ponía al país de punta a punta conectado y capaz de mostrar signos de desarrollo frente a otros países del orbe en los que un ferrocarril era algo que se utilizaba día a día.
Y durante un momento una pausa sepulcral, donde ni el viento pudo hacerse protagonista, don Bernardo pronunció unas palabras que a Sofía la dejaron bo­quiabierta ante el optimista sentido de progreso del 20
exponente.
«… que la República ha quitado de sus hombros el peso de una deuda enorme y no justificada; y que en condiciones exce­lentes de fortuna entramos por senderos de prosperidad, que nos conducirán a un punto elevado en esa escala de progreso que en el siglo presente deben recorrer, ascendiendo, todos los pueblos»
—Observa y escucha Braulio—le decía don José a su yerno—, este gran hombre debe ser tu modelo, debes atender a todo lo que dice nuestro Presidente, tenemos que intentar convencer a los jerarcas que eres el adecuado para el puesto de Jefe de la Policía Estatal.
Desde luego esta conversación se dio en un tono normal, lo que permitió que Sofía y Esperanza pudie­ran escuchar claramente las intenciones de su padre, para ella no era ningún secreto, sin embargo, muy den­tro de su ser, ese afán de su padre de convertir a su yerno en alguien poderoso no podría acabar bien y otra de las razones era el futuro de ella, la esposa del Jefe de la Policía Estatal.
El discurso continuó su recorrido, don Bernardo Soto se dirigía a su público y hacía gestos con una se­guridad innata, propia de una persona que sabe que todos los que reciben su mensaje están convencidos de lo que se les transmite, que será difundido no solo en los periódicos del país, sino entre vecinos hasta con­vertirse en el tema del pueblo y de la ciudad.
«…No olvidemos que el triunfo que hemos alcanzado y que celebramos en este día, representa para lo futuro, como estímulo, la prenda segura de nuestra grandeza; y para lo pasado, como lección que debemos aprovechar, tesoro valiosísimo de esfuerzos, de perseverancia y de sacrificios»
De esta forma cerraba su discurso don Bernardo Soto, alzaba su puño al aire en señal de victoria, como si todo lo que dijo hubiera sido la finalización de un trabajo que apenas estaba por ser retomado. Una vez bajó su mano en señal de victoria, tomó una pala destinada para simbolizar el inicio de la obra. Don Bernardo, con elegancia, dio la primer palada a una roca, lo que ocasionó que esta se quebrara en dos par­tes, el presidente sin palabras y miedo en sus ojos, ya que la pala quedó situada bajo la roca, intacta, oprimi­da y con un aire de flaqueza y debilidad, el mal inicio de un proyecto.
Sofía, por un momento, centró su mirada en ese hombre, ese estadounidense que prometía progreso, que estaba allí sentado junto al Presidente, tenía su mirada fija en el público, no se inmutó ante la pala quebrada y el silencio. No podía descifrar nada en esa mirada, no había forma de comprender lo que pasaba por la mente del magnate. Solo rezaba porque sus in­tenciones fueran buenas y que el ferrocarril llegase al fin a su destino.
Tras unos segundos de silencio, la audiencia se le­vantó y empezó a aplaudir con alegría y a vitorear a ese personaje, estaba convencida de que el proyecto que dejaban en las manos de Mr. Keith seguiría y sería concluido, todos ellos ignoraban las grandes cargas, las desgracias y las mal trechas jugadas que se habían y se seguirían gestando a lo largo del tiempo.
Sofía conocía la historia de los hermanos Keith, aunque emocionada por el discurso de don Bernardo, no se sentía convencida de todo lo que se dijo, sabía que no era una empresa fácil de lograr y que Mr. Minor Keith, al igual que su hermano, podría abandonar todo, abandonar el país y llevarse no solo el dinero, sino la esperanza de terminar una señal más del pro­greso de su país. Es una mujer inteligente, analiza cada detalle, y tiene certeza de que este gran proyecto va a traer muchas dificultades, de que su prometido hará lo posible por llegar donde se lo prometieron y que estar presente en ese discurso es por una razón de mucho peso.
Por la noche, se ofreció una gran fiesta de cele­bración en el Colegio San Luis, donde desde luego, la familia Fuentes estuvo presente en todo momento.